19 October 2015

¿Por qué celebramos la muerte?



Es obvio que no nos da gusto ni festejamos la partida de una persona a la que amamos y que ya no está con nosotros ¿quién podría ser tan obtuso como para amasar semejante disparate?

Tampoco es que nos encante la idea de que todos los que estamos, todos los que queremos a diario, amamos a diario y extrañamos tras una noche de ausencia, de repente se hayan ido para siempre, y esto es un reto directo a nuestros respectivos egos, nos guste o no.

Quienes celebramos la muerte —y quizá deba hablar tan sólo desde mi coto personalísimo— lo hacemos porque la entendemos como una parte fundamental de la vida misma "su mejor invento", la llamaría el gran Steve Jobs, y concluiría: "La muerte es la forma que tiene la vida para eliminar lo viejo y hacer espacio para lo nuevo". Un gran invento que merece celebrarse.

Pero también porque la muerte y nuestra conciencia de ella, es la fórmula que tiene la vida para recordarnos que no somos ni eternos ni infalibles ni inmunes, tres grandes sueños  con vocación de falacia, los cuales han pasado por la cabeza de prácticamente todos los seres humanos. Esto, aunque no lo parezca, es una bendición doble.

En primera, porque nos empuja a sacarle el jugo a los días y a las horas. Saber que en dos minutos o quizá en 30 años pero algún día y con absoluta certeza habremos de irnos de este planeta, es —o debería ser— el aliciente necesario y suficiente para replantearnos a diario nuestra existencia, para vivir más y odiar menos, para sonreír por la sencilla causa de estar vivos, para pelear, para besar, para soñar, para construir los caminos que nos lleven a esos sueños, porque, como ya se ha dicho, no somos eternos.

En segunda, porque nos recuerda a aquellos que estuvieron antes que nosotros; a nuestros padres, abuelos, amigos, hermanos. A quienes forjaron nuestro pasado y de cuyas acciones, para bien y para mal, somos el fruto con llamado a ser semilla.

Celebramos, pues, la muerte, porque con la memoria va nuestra gratitud y nuestras industrias, nuestras esperanzas y nuestros esfuerzos, nuestro reconocimiento para con aquellos que allanaron los caminos, que nutrieron a esta bipolar especie humana y que un día, cumplida su misión de maestros y de andariegos primigenios, volvieron al regazo de nuestra Gran Madre, y con ello, hicieron espacio para los que venimos atrás. Algún día nosotros seguiremos sus pasos, eso es inequívocamente cierto, y solamente cuando hayamos tomado conciencia de su legado, habremos de mirarnos en los páramos internos de la memoria y sentirnos obligados para con ellos, para con nosotros mismos y para con los que vienen detrás. Con los unos para ser dignos de llevar su sangre y su nombre, su memoria, sus enseñanzas. Con los otros para mostrarles todo el camino desandado desde el principio de la memoria y dejar en sus manos la continuación ad infinitum de la  vida, de la especie, de la Tierra.


Al final, habremos cumplido con el deber de aprender y de aportar, de honrar y de educar, de sentir, de rememorar, de soñar, porque de eso se trata la vida, y como tal, no podemos dejar de celebrarla toda, y esto, aún con los duelos y las incertidumbres, también incluye a la muerte.